Desde los años 80 no se ven ballenas en Santa Marta

El capitán Francisco Ospina Navia dice que este balneario era visitado por yubartas o jorobadas. No volvieron por la obras mal ejecutadas y la crisis pesquera. Hace 50 años una ballena fue golpeada por un barco bananero en las costas de Santa Marta. Unos pescadores me avisaron del suceso e infructuosamente navegué junto a ella por 24 horas. Al parecer, quería morir en la playa. Esto me ha hecho reflexionar sobre la presencia de ballenas en Santa Marta, que hoy es sólo un recuerdo. ¿Qué motivó esa desaparición? No es fácil asimilarlo, pero es sencillamente el resultado de un erróneo manejo de varias circunstancias. Para 1955 la Ciénaga Grande de Santa Marta, con 400 kilómetros cuadrados de cuerpos de agua, la más grande de Colombia, reserva de la biósfera, con 144 especies de peces y 190 de aves, recibía oxigenación de los ríos que bajan de la Sierra Nevada y del agua fresca del mar que entraba por la Boca de la Barra, que en el año 50 tenía 200 metros de ancho -hoy sólo tiene 60 metros- y por Barra Vieja, en el kilómetro 39 de la vía Barranquilla-Santa Marta, que quedó cerrada para siempre. La mitad de la Ciénaga contenía agua salada y por allí entraban peces como jureles, cojinoas, róbalos y pargos mulatos; toda una reserva pesquera de la que se alimentaron cientos de familias de pescadores a través de muchas décadas hasta la llegada del 'desarrollo' a esta zona. Las obras de construcción de la carretera Ciénaga-Barranquilla marcó para siempre el declive de la riqueza de la Ciénaga Grande, al no construirse los puentes necesarios que mantuvieran el flujo de agua de mar en los niveles adecuados. Al disminuir la entrada de ésta por la Boca de la Barra, y al cerrarse para siempre Barra Vieja en el kilómetro 39, la corriente marina entre las dos bocas desapareció. Y con ello, todos los nichos de vida que en una cadena perfecta constituían la riqueza de la Ciénaga. En el centro de esa inmensa laguna habitaban millones de ostras que alimentaron el mercado nacional y de las que no quedan sino los avisos en las destartaladas carretas que tradicionalmente ofrecen cocteles de camarones y ostras en esa vía; aunque no pregunte por los de ostras, esos ya no los pueden ofrecer. Pero además del cierre del flujo de agua de mar por la construcción de la carretera, los ríos que bajan de la Sierra, y que la alimentaban, fueron desviados para regar cultivos agrícolas; es decir, la Ciénaga Grande se secó. Al bajar la oxigenación, las ostras y los peces de mar desaparecieron. De la producción anual de 30.000 toneladas de pescado y 200 de ostras en 1950, se pasó a 350 toneladas de pescado y cero de ostras en 2009. Los caños que comunican la Ciénaga con el río Magdalena sólo aportan un pequeño caudal en los meses de invierno, pues en el verano baja el nivel del río. El Gobierno se lavó las manos. Los millones de lisas que allí se reproducían y salían al mar en enormes cardúmenes que alimentaban a grandes peces y ballenas que venían en los meses de invierno del hemisferio norte, desaparecieron. Sin la lisa que salía de la Ciénaga, las ballenas no regresaron a las costas de Santa Marta y toda la riqueza pesquera se esfumó. Las gaviotas, garzas, pelícanos y patos tampoco volvieron. El Gobierno de esos años no se apersonó de esta catástrofe ecológica que requería recursos importantes y tampoco buscó ayuda de científicos internacionales expertos en estos temas. Las autoridades ambientales se lavaron las manos delegando en una corporación departamental de bajos recursos, que poco o nada puede solucionar. En 1986, en El Rodadero, tomé por pura casualidad una foto que es tal vez una de las pocas en el mundo que registran una ballena jorobada cerca de un balneario. Creemos que fueron de las últimas ballenas que llegaron a Santa Marta. Es una imagen que demuestra que la tragedia de la Ciénaga Grande de Santa Marta no ha sido abordada en su verdadera dimensión. No hay aves, no hay ostras, no hay peces (hoy día este enorme cuerpo de agua tiene una profundidad promedio de 50 centímetros) y mucho menos ballenas. Y lo mas grave: no hay medio de sustento para los cientos de familias de pescadores que hoy deambulan sin alimentar a sus familias. Sólo queda el 20 por ciento. En Colombia las ballenas sólo se ven con frecuencia en la costa Pacífica, entre agosto y noviembre, un periodo en el que llegan a aparearse y a dar a luz a sus crías.De las jorobadas sólo queda en el mundo el 20 por ciento del número original, es decir algo más de 39 mil, según la Unión Internacional para la Conservación de laNaturaleza (Uicn). La entidad ha incluido a la especie en la categoría de 'vulnerable'.Además de la contaminación y de la pérdida de recursos pesqueros, las ballenas están amenazadas por la caza, liderada en la Antártica por barcos japoneses entre diciembre y los dos primeros meses del año, durante el periodo de alimentación de estos mamíferos. FRANCISO OSPINA NAVIA, ESPECIAL PARA EL TIEMPO