Fabricados para romperse

El documental de la alemana Cosima Dannoritzer que emitió la 2, Comprar, tirar, comprar el pasado 9 de enero, ha revolucionado la Red, y es que se habla mucho de sostenibilidad, ecología, biodiversidad, equilibrio, reciclaje, pero el verdadero problema es que crecemos por encima de nuestras posibilidades y de nuestros recursos, y aún así, seguimos creciendo. Es como el típico ricachón que va perdiendo fortuna pero no se resiste a los langostinos, solo que en este caso, no está en juego únicamente una fortuna personal, sino un legado compartido entre todos los seres humanos. Baterías de iPod inservibles a los 18 meses, impresoras que se suicidan a un número determinado de copias o bombillas programadas para sucumbir a las 1.000 horas de funcionamiento, son sólo ejemplos de esta práctica empresarial llamada “obsolescencia programada”, que no es otra cosa que la planificación del fin de la vida útil del producto para que se quede obsoleto o inservible tras un período de tiempo calculado de antemano por el fabricante durante su diseño. Nosotros, los consumistas, tenemos mucho que ver en esta carrera de ratas hacia la nada por tenerlo todo, pero también los grandes fabricantes contribuyen, o más bien dirigen la orquesta para que así sea. Esa es la base de la sociedad consumista y es la misma base que ahora nos empieza a devorar: nos come por los pies. Vino de la mano de la producción en masa a partir de los años veinte y ya no nos ha abandonado. Una bombilla centenaria es uno de los emblemas de que otra vida es posible: lleva funcionando desde 1901 en un parque de bomberos de Livermore, en California. Es una fuente de inspiración para ir en busca de una directriz económica que no vaya en contra de la naturaleza y el planeta (cada producto que no sirve porque falla premeditadamente o porque ha pasado de moda supone más contaminación). Para este camino, no hay otra ruta que la de aprender a vivir mejor con menos. En definitiva, se trata de necesitar menos, que no es poco, en línea con la teoría del decrecimiento que defiende Serge Latouche, que podría funcionar como salvavidas, pero que requiere de la voluntad de cada uno, de un compromiso individual para dejar de intentar que las cosas se rompan antes (ellos ) y para necesitar renovarlas cada mucho más (nosotros). Mientras avanzamos por ese camino, de momento, puede que lo más factible sea modificar el proceso de producción para que los desechos puedan ser siempre reutilizados. Porque, ¿qué haremos cuando los recursos no renovables se agoten?, o mejor, ¿vamos a esperar hasta la última gota de petróleo para cambiar nuestro modo de vida? Se admiten apuestas. El dato: Según el estudio del Programa Ambiental de la ONU (UNEP, por sus siglas en inglés) los desechos electrónicos, especialmente ordenadores, impresoras, cámaras, teléfonos móviles o reproductores de música se están acumulando en todo el planeta (especialmente en los países en vías de desarrollo a donde se envía esta basura inservible camuflada de “donaciones” o falsa segunda mano) a un ritmo de 36 millones de toneladas por año y en la próxima década augura que países como China o India aumentarán en torno al 400 y 500 por ciento su basura electrónica. Fuente: ecodiario.es