La Agroecología como ciencia, praxis y movimiento social: evolución y desafíos frente al mercado

Con el proceso de modernización agraria convencional e industrialización impulsado por los países desarrollados del norte, desde la segunda mitad de la década de 1940 en base al modelo tecnológico de la revolución verde; este se exporta y promueve como política de desarrollo agrario en los países del sur.

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Su enfoque positivista y de modernidad se expande aún más en la década de 1990 con la globalización económica, teniendo hoy su correlato con la crisis sistémica, el cambio climático y la mayor inseguridad alimentaria y desigualdad social que viene afectando en mayor grado a la agricultura familiar. Frente a los límites e impactos de esta agricultura, de alto uso de energía fósil, en diversas regiones se gesta un cambio progresivo del paradigma agrario convencional. Siglos antes con el devenir de culturas originarias agrocéntricas, y luego, desde la década de 1930, con la mayor presencia de movimientos agrarios alternativos y del desarrollo de corrientes académicas críticas del status quo, todas convergiendo a la agroecología como ciencia, praxis y movimiento social, cuya importante evolución de las últimas décadas y su mayor relación con el mercado de alimentos también le viene implicando algunos desafíos necesarios de analizar.

Breves acotaciones conceptuales de la Agroecología

El marco conceptual de la agroecología ha ido evolucionando, de allí que por sus varias definiciones es polisémica y de usos múltiples. No obstante, en el proceso su espectro conceptual abarca niveles más integrales de definición.[1] Si bien para Wenzel y Soldat (2009)[2], entre otros, la noción de agroecología implica considerarla como una disciplina científica, como un movimiento social o como un conjunto de prácticas agrícolas, también se la puede dimensionar y diferenciar según su escala de enfoque territorial o de sistema: a nivel parcelar, a nivel de agroecosistema y a nivel de sistema alimentario. En el caso de América Latina y el Caribe, la noción de agroecología como nuevo paradigma agrario se perfila con mayor claridad a partir de la segunda mitad del siglo XX, en contraposición y alternativa al paradigma de la agricultura de la revolución verde; y en países como Perú, Ecuador, Bolivia, México, Guatemala y otros con asiento de pueblos originarios, dialoga y recoge las fuentes de conocimientos y tradiciones de culturas agrocéntricas que gestaron formas resilientes de producción y de relación empática con la naturaleza y los territorios ocupados.

Altieri, Gliesman y otros investigadores coinciden en que “La agroecología como ciencia, integra el conocimiento tradicional y los avances de la ecología y de la agronomía y brinda herramientas para diseñar sistemas que, basados en las interacciones de la biodiversidad, funcionan por sí mismos y auspician su propia fertilidad, regulación de plagas, sanidad y productividad, sin requerir paquetes tecnológicos.”[3] En efecto, la agroecología desde su experiencia práctica y evolución también propone y construye nuevos términos de relacionamiento productivo con las variables socioeconómica y ambiental al interior y exterior de los sistemas agroalimentarios locales, fortalece la resiliencia social y ambiental, dialoga y recupera saberes y conocimientos tradicionales de pueblos originarios y comunidades campesinas, promueve la seguridad y soberanía alimentaria, así como cambios saludables en los estilos de vida de productores y consumidores.


La agroecología por ende implica una dinámica de movilidad social continua y un complejo proceso de aprendizaje en el manejo de territorios y agroecosistemas, mediante la observación, métodos, prácticas y conocimientos generados para el uso eficiente de los recursos locales y los cambios tecnológicos devenidos de diferentes ciclos de experimentación en base al ensayo-error-adaptación. Así también implica dinámicas territoriales y múltiples redes sociales e interacciones y réplicas a diferentes escalas de producción, a nivel de la satisfacción familiar y de soporte y sostenibilidad de los agroecosistemas y recursos naturales, así como en la generación de excedentes para intercambios a diferentes escalas y territorios, y en la aspiración política de su justa relación con el mercado para lograr el bienestar de las personas.[4] Implicando este último punto, la racionalidad del mercado y la evolución del mercado de alimentos ecológicos, un factor condicionante -o punto de quiebre- a analizar: su mayor demanda, encadenamientos productivo-comerciales, acceso y precios e ingresos diferenciados para productores agroecológicos, etc.

Evolución del mercado mundial de productos ecológicos.

Desde la gran crisis económica global del 2008, hubo un descenso general del consumo de productos en mercados como el estadounidense, europeo y asiático, pero no ocurrió así con los productos ecológicos, que al contrario continuaron creciendo a tasas mayores que la de los alimentos convencionales.[5] De hecho se estima que desde el 2004 la venta global de productos ecológicos ha crecido un 157%.[6] El 2015 el mercado ecológico en Europa sigue creciendo con un incrementó de 13% y alcanzando los € 30,000 millones (€ 27,100 millones en la Unión Europea).[7]

La data y estimaciones sobre el movimiento del mercado ecológico global varían entre un año y otro. Así, por ejemplo, la Organic Monitor (2010)[8] indica un 5% de crecimiento sostenido de alimentos ecológicos en grandes mercados de los países del norte, por encima de los alimentos convencionales de 2%, estimando para ese año un movimiento de US$ 60,000 millones en alimentos y bebidas ecológicas. Otros organismos internacionales de fomento a la agricultura y la alimentación ecológica, FIBL e IFOAM, estiman que en el año 2013 el mercado mundial de alimentos ecológicos facturó cerca de € 55,000 millones (cerca de US$ 65,000 millones). A la fecha se estima que el mercado mundial de alimentos factura anualmente alrededor de US$ 900,000 millones, y que el mercado de alimentos ecológicos representa el 10%, es decir,  US$ 90,000 millones anuales. Además, según las proyecciones demográficas, la demanda de alimentos seguirá creciendo, en particular la demanda por alimentos ecológicos, nutraceúticos, saludables, gourmet, súper alimentos.[9]

En países de América Latina y El Caribe, según la Comisión Interamericana de Agricultura Orgánica (CIAO)[10], hasta el año 2016 la demanda de alimentos ecológicos ha seguido creciendo de forma sostenida, aunque con menores ratios de crecimiento a la de los países desarrollados, representando sin embargo de 17 a 20% del comercio global de alimentos ecológicos y congregando a 400,000 productores ecológicos de un total global de 2.2 millones de productores ecológicos.


Las cifras indican nítidamente que el mercado mundial de productos ecológicos es una realidad, y que seguirá creciendo, incluso pese a que su valor de venta -en muchos casos- puede ser mayor al de los productos convencionales. Esto se explica hoy, porque hay un mayor número de consumidores (muchos más en los países del norte que en los del sur) que están sensibilizados y dispuestos a pagar un adicional (plus) por consumir productos ecológicos certificados, porque son saludables, libres de agroquímicos y porque no contaminan el ambiente. Sin embargo, este crecimiento sostenido de productos ecológicos en el mercado mundial de alimentos, en términos absolutos aún es muy relativo con relación al volumen comercial de alimentos convencionales.

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Fuente: ecoportal.net